El Territorio


La visita a la Casa de las Doñas es una inmejorable oportunidad para observar un tramo de la evolución en la forma de vida de las comunidades humanas y el modo en que fueron organizando el territorio para garantizar la supervivencia familiar y perpetuar sus estirpes.

Enterrías es una localidad de media ladera que reproduce con precisión el mosaico lebaniego: una pequeña agrupación de edificaciones que conforman la aldea, con una primera aureola de antiguos campos de cultivo y otras sucesivas de prados intercalados con el monte aclarado, que dan paso a masas forestales más cerradas, y rematadas por espacios abiertos de pastizal natural.

Fue un mosaico creado para explotar la tierra y producir los víveres necesarios para las comunidades campesinas y sus animales domésticos.

De los procesos de aprovisionamiento de alimentos, de las formas de prepararlos, conservarlos y servirlos, la tradición nos ha legado una serie de elementos característicos que han quedado plasmados tanto en el territorio y en las edificaciones, como en el mobiliario, las herramientas y los utensilios domésticos.


La formación del paisaje humanizado

La faz que hoy contemplamos de Liébana es el resultado de un dilatado proceso de construcción humana desarrollado durante los últimos cinco milenios. El resultado es un espacio de supervivencia creado en un área de montaña, un territorio de contrastes, de dificultades casi insalvables y de protecciones providenciales. Es una tierra de recolectores, de pastores, de labriegos y de artesanos que han sabido aprovechar los fondos de los valles, los rellanos y las laderas, los collados y las cumbres, tanto en los suelos como en los vuelos.

Los lebaniegos de antaño fueron labriegos en las zonas bajas y medias del valle, ganaderos en las zonas más altas y artesanos en ambas. Edificadores de aldeas, creadores de labrantíos, de plantaciones y de aclareos, de praderías y de pastizales. Cultivadores de viñas, de cereales y de legumbres que aterrazaron las laderas a golpe de azada y del ir y venir de arados.

Al tiempo que fueron guardianes de ganados mayores y menores, recolectores de granas silvestres y frutas cultivadas o perseguidores ancestrales de fauna silvestre. Pero también fueron mineros, tejeros, ferreros, serradores y caleros; canteros, carpinteros, guarnicioneros, tejedores, zapateros, arrieros y molineros; escribanos y regidores; oradores, guerreros y rentistas.

Y a cada actividad le corresponde un territorio de actuación y aprovisionamiento de materias primas, con sus dependencias, edificaciones y tinglados para la delimitación, la manufactura y el manejo. Y todos y cada uno de estos elementos perfectamente ordenados en el espacio e intercomunicados por una intrincada red de caminos, sendas, veredas y camberas.


Las construcciones

De la necesidad de alojamiento surgen y evolucionan las viviendas: de la cueva a la casa pasando por el abrigo y la cabaña. Para cobijar a los animales domésticos y almacenar el heno y la paja, se levantaron las cuadras y los pajares, los invernales y las tenadas. Para la espiritualidad y el culto se erigieron las ermitas, las iglesias y los monasterios. Y de la agrupación de los edificios surgieron las aldeas.

En ellas, las viviendas son las edificaciones más significativas; inmediatos a la casa, colindantes o a escasa distancia, se localizan los edificios de servicio para el albergue del ganado: las cuadras, los cubiles y los gallineros; los acopios del heno y la paja: los pajares y los galbaretos; los almacenes del cereal y la legumbre: los hórreos; los cobijos para los carros, los útiles mayores de la labranza y los talleres: las socarreñas y los portales; las zonas de la trilla: las eras; las áreas de picoteo de las gallinas: los patios; y los cultivos mas inmediatos: las cortinas y los huertos.

Además de las edificaciones privadas existen otras fábricas de uso colectivo. Unas dedicadas al culto: las ermitas y las iglesias; otras a la prestación de servicios públicos: las fraguas y los molinos; algunas a la atención de los ganados: los potros de herrar y los abrevadores; a la satisfacción de necesidades primarias: las fuentes; a la higiene personal: los lavaderos; al ocio: las boleras; y a la instrucción: las escuelas.

Fuera de las poblaciones también se edifica. Para las necesidades del alma: los humilladeros y las ermitas); para la protección de los labrantíos: las paredes de cantos; para el sostén de la tierras: los ribones y las terrazas; para vadear los ríos: los puentes; para sostener los caminos: los muros; para la custodia y conservación de las herramientas: las casetas de viñas; para el albergue y guarda del ganado: los corrales, los invernales y las tenadas; y para el cobijo de los pastores: los chozos.


La Vivienda

Entre todas las edificaciones, la vivienda es el elemento de diferenciación social más fácilmente perceptible, por el contraste entre la reducida y angosta casa humilde del labriego, el pastor y el artesano, con las enhiestas edificaciones solariegas, torres y casonas de los más acomodados.

Mientras que estas últimas disponen de un número considerable de estancias perfectamente diferenciadas, las primeras tan sólo separan el espacio de avituallamiento: la cocina; la zona reunión y la estancia familiar: la sala; y la zona de descanso: las alcobas.

En las estancias inferiores de la planta vividera se ubican las zonas de elaboración y conservación del vino y las carnes: los lagares y las bodegas; de elaboración de panes y embutidos (las horneras); en ocasiones también las cuadras. En los espacios superiores se almacenan las frutas frescas y los frutos secos (los desvanes).

En la arquitectura tradicional, dentro de la vivienda, el elemento central sobre el que se organiza la vida familiar lo constituye la cocina. Las más antiguas, que a duras penas y en escaso número se conservan, se disponen en torno a un hogar central del que el humo escapa al exterior por una pequeña abertura del tejado o por una bóveda elevada rematada por una chimenea cilíndrica; del techo pende la cadena (los llares) en la que se cuelgan las ollas y los pucheros que se calientan al fuego.

Este sistema fue evolucionando paulatinamente hacia chimeneas poligonales de variables proporciones donde el fuego queda enmarcado por las grandes lajas de la hornilla y sobre esta una meseta poligonal plana que se convierte en el espacio más confortable de la casa (la trébede y la gloria).

Otro elemento arquitectónico relevante, sobre todo por su funcionalidad, es la hornera. Ya sea una pequeña construcción exenta en las inmediaciones de la vivienda, un pequeño apartado de la planta baja de la casa o un anexo de la cocina. En ella el elemento más relevante es el horno de leña, al que delata exteriormente esas formas abovedadas que se adosan a las fachadas, lo mismo en la planta baja cimentada en el suelo que en la planta superior soportados por pegollos de madera, lajas de piedra o cilindros de mampostería que en su parte inferior sirve de cobertizo para gallinas o conejos. Con una pequeña embocadura de piedra o de ladrillo, un fondo plano de ladrillos refractarios, una masera de forma rectangular o de trapecio con su tapa de madera, los cedazos de distintos pasos para tamizar la harina, la pala de meter y sacar el pan, la barredura o trapia de helecho, el palo o jorugu para remover la leña y la brasa, el chujarru para apilar la brasa o el carbón de leña, son los objetos que identifican la estancia.

Otro componente de la vivienda particularmente relevante es la bodega. Localizadas en las plantas bajas de las casas, con frecuencia semienterradas, siempre con una mínima renovación de aire y carentes de luz solar, han cumplido la primordial labor de contribuir a conservar las carnes de las matanzas y el vino.

La solana como secadero de carnes, hortalizas, cereales, condimentos, medicinales, así como los desvanes destinados al almacén de frutas frescas y frutos secos, también fueron elementos arquitectónicos de las viviendas adaptados para cumplir un papel primordial en proceso de conservación de los alimentos.

De la importancia que el ganado ha tenido tradicionalmente en el sustento de la familia campesina, da buena cuenta la presencia de cuadras y pajares en el interior de las aldeas, con frecuencia adosadas a las viviendas o formando manzanas independientes. Responden a modelos equiparables, con cerrados muros de mampostería en las plantas bajas, las que sirven de cobijo a los animales, y con grandes paramentos abiertos en la plata superior para permitir la aireación del forrajes.

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